Mi abuelo y yo quisiéramos seguir los pasos de Howard Fast en China, la región hindú, el una vez imperio persa, África negra, esa Mesoamérica que ritos intelectuales nos presentan emulando a su manera a Homero, Herodoto y sucesores.
Fast no es Scorcese ni habría hecho trizas la historia única, mal narrada en Pandillas de Nueva York. Pagó altos costos ante la moderna inquisición, renunciando también a la gloria efímera, para sustentar un discurso que dignifique a nuestra especie.
Casi a ciegas voy, como siempre, pidiendo perdón a diestra y siniestra. “Lo que no se encuentra aquí no se encuentra en ninguna parte”, decían sobre El Mahábháta, la gran obra hindú. Tengo una versión que no es completa y llega a nostros desde el inglés. Para quien como yo nada sabe, veinte líneas son oro. "... se pueden oír en trenes o autobuses de boca de gente sencilla y a veces inclusoanalfabetas", y eso las hace doblemente inapreciables, pues no soy un acádemico persiguiendo letras muertas. “El Mahabharata no es una mera epopeya; es un romance que cuenta la historia de heroicos hombres y mujeres, algunos de los cuales eran divinos; es una literatura completa en sí mismo, que contiene un código de vida, una filosofía de la relaciones sociales y éticas, y un pesamiento especulativo sobre los problemas humanos que es difícil de igualar. Pero sobre todo, tiene como corazón el Gita, que es, como el mundo está comenzando a descubrir, la más noble de las escrituras y la más grande saga...”
Leo eso y me decepciono un poco. No más Paris, Elena y compañía, por favor. De princesas y grandes guerreros que moran cielos y tierras estoy hasta la coronilla, aunque nos jure son representaciones de conductas humanas llanísimas. Doy mi vida por un cualquiera. "Mis hijos son ahora poderosos en la tierra. Y si Yudhishthira hace el Rajasuya, yo y mi abuelo Santanu podremos ir al Indraloka.»
-Vuelta la burra al trigo -digo como en los lugares donde nací, conciente de mi sin duda exagareado, estúpido prurito. Puedo parar aquí por ahora o para siempre, satisfecho de poner un pie en la región hindú entre tres y cuatro mil años atrás. Ahora a buscar al rebautizado James Walker, que a Conrad ni le va ni viene, literariamente al menos, convirtiéndolo en encarnación de los tripulantes todos ante los desatinos con que un ensoberbecido, ciego capitán se diría persigue la más brutal tormenta. SIGUE
Los llamo Grupos por usar la fórmula que ciertas redes sociales emplean. Carecen de nombre y en algún momento lo adquirirán, creo, aunque sobra hacerlo, pues no conspiran. Su trabajo es tan a cielo abierto como se puede, acompañando grandes impulsos inorgánicos, largas marchas, huelgas, manifestaciones, bloqueos, asambleas públicas, y transmiten ideas y conocimientos que originan quienes profesionalizados en el estudio sirven de orientación.
Si Chile, por ejemplo, detuvo substantivamente los enfrentamientos con la policía, aguarda el referendum en que no confía y servirá a cambio para escalar la protesta, y preparándose a ello intercambia opiniones con otros movimientos nacionales y sectoriales, digamos, regados por el planeta. Otro tanto puede decirse de Bolivia, concentrada en conservar fuerzas para las elecciones postergadas. Medio Oriente y Argelia repiensan sus reservas contra votaciones que pudieron terminar en triunfos del pueblo, Francia no desperdiciará lo
generado por la huelga general casi recién pasada, ni Inglaterra echará en saco roto el novedoso, extraordinario empuje cuya instrumental expresión fue un Partido Laborista al fin radicalizado. Entre tanto, Estados Unidos emerge, los migrantes centroamericanos batallán contra políticas
migratorias mexicanas que no esperaban, en Marruecos atienden al ligero y aun así significativo reacomodo español y el África trasahariana... Paro para no cansarlos y porque no sé más, incapaz de relacionarme con Asia continental, Rusia y los países vecinos. Callo respecto al feminismo en sus mútiples manifestaciones respetando principio que ordena el género, confiando sintetizar pronto confiablemente las consignas reelaboradas durantes estos últimos meses. En México, tan a mi mano, el panorama sigue siendo muy confuso debido a la Cuarta Trasnformación que introdujo profundas distorsiones dentro del movimiento social. La pandemia detuvo los impulsos "callejeros", cuyos escenarios son también carreteras y otros ámbitos rurales, y potenció a niveles antes desconocidos el intercambio de información y reflexiones. En Grupos y más Grupos se nos volvió la vida, ¿verdad, abuelo? -0- ¿Y el cambio va?, pregunto semanas más tarde. ¿Cómo precisarlo? -No sabemos nada, Belarmo. Escuchar ecos es solo eso, reverberancia. -Qué poco positivo. -Las utopías como ensueños sirven para muy poco.
El abuelo se encabrita por mi errático registro de nuestro viaje, que nos separó. -Voy casi a ciegas -le digo. -Válgame dios, apenas lo había notado. -Uy, cómo si tú avanzaras mucho. -Pues organicé medio mundo ya. -No seas largo, dinamitero. -¿Largo? -Mentiroso, pues. ¡Ping!, ¡pong!, ¡pang!, escúchase, sobre todo dentro de mi cabeza. -¿Para qué querías verme? -Necesitamos mínimá coordinación, ¿no? -Anda por ahí. Cada quien lo suyo. -¿Ah, sí? -Caminas a gatas, cuarentenero, y yo a mi aire, libérrimo. -Odio la muerte y los permisos que te da. -Mira detrás mío. -¡Vaya legión! Préstala y así no pierdo tiempo. -No responden preguntas de lelos. -Alguien heredómelo, creo. -¿La tontera? Tu padre, seguramente, jeje. -Pues lo tenías en mucha estima. -Para, que perdemos tiempo y no nos sobra ni un segundo. -Dame tips, siquiera. -¡Aguanten, compañeros! -grita hacia donde caballos y macanas se empeñan contra masas iracundas. -¿Quién es ese que traza y traza en un cuaderno? -Gustav. Hace apuntes. -¿Aquél de 1871? -Y 48, etcétera. -Menudo socio conseguiste.
Coubert preparándose para inmortalizar la Comuna de París.
Hay algo estimulante en trabajar para quien tope conmigo sin quererlo o hurge. Cinco, sesenta o quinientos, no más, cada día o de tanto en tanto. Me siento un personaje enigmático, jeje.
-Sino crecí en Silicon Valley, abuelo, pertenezco a la primera generación con computadora personal e internet, y mírame, incapaz de controlar pinchurrientos links. ¿Dónde carajo está ese pdf? -Aquí, mastuerzo: https://www.dropbox.com/s/lvg1o3d26r8pxpf/La-cruel-pedagogia-del-virus.pdf?dl=0&fbclid=IwAR3vewuHq5z_IKMhjFVLmyk0aH5Gkm69-esfoxLPoi9yTtCSKhMP84TmU48. Es que tienes una máquina de mierda. -Pues cómprame una buena. -Hay intangibles e intangibles y no tengo acceso a Mastercard por fecha de nacimiento. Para 1892 no da el calendario que ponen. -Ahora no baja la susodicha chingadera. -Ya lo dijo Kaliman. -¡Conoces el cómic mexicano! Vaya, vaya. -Siempre al alba, yo. -Y hablas como chilango. -Soy ciudadano universal. -La verga, qué. -Eso lo pensé pues, en diciéndolo rómpeme, la madre el señor. -¿Y "la pegagogía"? -A ella no tengo el gusto...
"¡Para, carajo!" Entremos en materia empezando por lo básico: "El colonialismo y el patriarcado están vivos y se fortalecen en tiempos de crisis aguda. Las manifestaciones son múltiples y aquí se mencionan algunas de ellas. Las epidemias (el nuevo coronavirus es la manifestación más reciente de ellas) solo se convierten en problemas globales graves cuando se ven afectadas las poblaciones de los países más ricos del norte global. Así sucedió con la epidemia del SIDA. En 2016, la malaria mató a 405.000 personas, la enorme mayoría en África, y eso no fue noticia (...) Por otra parte, los cuerpos racializados y sexualizados son siempre los más vulnerables ante el brote de una pandemia (...) Cuando ocurre el brote, la vulnerabilidad aumenta, ya que están más expuestos a la propagación del virus y se encuentran en lugares don-de nunca llega la atención médica: favelas y asentamientos pobres de la ciudad, aldeas remotas, campos internamiento de refugiados, prisiones, etc. (...) "Finalmente, en situaciones de emergencia, las políticas de prevención o contención nunca son de aplicación universal. Al contra-rio, son selectivos. Algunas veces son abierta e intencionalmente adeptos al darwinismo social... "Estoy seguro de que en el futuro cerca-no esta pandemia nos dará más lecciones y que siempre lo hará de manera cruel. Si seremos capaces de aprender es una pre-gunta por ahora abierta." -Ya. -¿Y lo no básico? -No dice. -Estamos aviados. -¿Perdimos el tiempo esta madrugada? -Volvamos a Ecuador. Más aprendemos en las calles que en los libros. -Lo que pasa es que calles en el mundo y sendas y demás debe haber putimillones. -Tú, arrea. Esto es del 10 de abril.
"Darwinismo social"... ¿En el país cuyos pueblos indígenas recién detuvieron al FMI? "El coronavirus ataca las cárceles y cientos de miles de presos son liberados "El
virus se ha propagado rápidamente en prisiones sobrepobladas en el
mundo, lo que ha llevado a los gobiernos a liberar a los reclusos en
masa." NYT
Una
prisión en Tremembe, Brasil, durante un motín el mes pasado en el que
cientos de prisioneros escaparon después de que las autoridades
suspendieron la liberación temporal de los reclusos para evitar la
propagación del coronavirus.Credit...Lucas Lacaz/Agence France-Presse — Getty Images
"La pandemia también desencadenó rebeliones de prisioneros, puesto que
los presos enojados han hecho que se preste atención a los problemas
crónicos de los sistemas correccionales en muchos países, incluidos el
hacinamiento, la suciedad y el acceso limitado a la atención médica." -Espera, abuelo, hay algo más en ese pdf: "El futuro puede comenzar hoy "La pandemia y la cuarentena revelan que hay alternativas posibles, que las sociedades se adaptan a nuevas formas de vida cuando es necesario y se trata del bien común. Esta situación es propicia para pensar en alternativas a las formas de vivir, producir, consumir y convivir en los primeros años del siglo XXI. En ausencia de tales alternativas, no será posible prevenir la irrupción de nuevas pandemias que, por cierto, como todo sugiere, pueden ser aún más letales que la actual. Seguramente no falten ideas sobre posibles alternativas, pero ¿pueden conducir a una acción política para lograrlas? A corto plazo, lo más probable es que, después de que termine la cuarentena, las personas se quieran asegurar de que el mundo que conocieron no haya desaparecido. Volverán a las calles impacientes, ansiosos por circular libremente otra vez. Irán a jardines, restaurantes, cen-vas posibles, que las sociedades se adaptan a nuevas formas de vida cuando es necesario y se trata del bien común. Esta situación es propicia para pensar en alternativas a las formas de vivir, producir, consumir y convivir en los primeros años del siglo XXI. En ausencia de tales alternativas, no será posible prevenir la irrupción de nuevas pandemias que, por cierto, como todo sugiere, pueden ser aún más letales que la actual. Seguramente no falten ideas sobre posibles alternativas, pero ¿pueden conducir a una acción política para lograrlas? A corto plazo, lo más probable es que, después de que ter-mine la cuarentena, las personas se quieran asegurar de que el mundo que conocieron no haya desaparecido. Volverán a las calles im-pacientes, ansiosos por circular libremente otra vez. Irán a jardines, restaurantes, cen-amigos, regresarán a rutinas que, por más que hayan sido tediosas y monótonas, ahora parecerán tranquilas y seductoras.Sin embargo, volver a la «normalidad» no será igual de fácil para todos. ¿Cuándo se reconstituirán las ganancias anteriores? ¿Es-tarán los empleos y salarios esperándolos y disponibles? ¿Cuándo se recuperarán los re-trasos educativos y profesionales? ¿Desapa-recerá el estado de excepción creado para responder a la pandemia tan rápido como la pandemia? En los casos en que se hayan adop-tado medidas de protección para defender la vida por encima de los intereses económicos, ¿el retorno a la normalidad implicará dejar de priorizar la defensa de la vida? ¿Habrá un deseo de pensar en alternativas cuando la al-ternativa que se busca es la normalidad que existía antes de la cuarentena? ¿Se pensará que esta normalidad fue la que condujo a la pandemia y conducirá a otras en el futuro? Al contrario de lo que uno podría pensar, el período inmediato posterior a la cuarente-na no será favorable para discutir alternati-vas, a menos que la normalidad a la que las Tengamos en cuenta que, en el período inmediatamente anterior a la pandemia, hubo protestas masivas en muchos países contra las desigualdades sociales, la corrupción y la falta de protección social. Lo más probable es que cuando finalice la cuarentena, regresen las protestas y los saqueos, sobre todo porque la pobreza y la pobreza extrema aumentarán. Al igual que antes, los gobiernos recurrirán a la represión en la medida de lo posible y, en cualquier caso, intentarán que los ciudadanos reduzcan aún más sus expectativas y se acos-tumbren a la nueva normalidad.Ante la ausencia de alternativas, ocurrirán otras pandemias, pero esa probabilidad ya no es un problema político. Los políticos que enfrentaron esta crisis ya no serán los que tendrán que enfrentar la próxima. En mi opinión, este no será el caso si la ciudadanía organizada (partidos políticos, movimientos espontáneas de ciudadanos y ciudadanas) resuelve poner fin a la separación entre los procesos políticos y civilizadores que tuvo lugar simbólicamente con la caída del Muro de Berlín. A partir del norte global, este evento político consolidó la idea de que no había alternativa al capitalismo y a todo lo que él conlleva. Hasta entonces, al menos desde principios del siglo XX, el debate sobre las alternativas al capitalismo tuvo lugar en el seno del proceso político y este, a medida que las discutía, asumía una dimensión civi-lizadora. Se colocó en la agenda del debate a aquellas alternativas económicas, sociales, políticas y culturales que apuntaban a hori-zontes poscapitalistas, modelos de desarro-llo, vida y sociedad que mitigarían la agresión cada vez más intensa contra la naturaleza inducida por el capitalismo y todo lo que él implica. La gran mayoría de tales alternati-vas no tuvo nada que ver con las soluciones que prevalecieron del otro lado del Muro de Berlín (el socialismo soviético), pero su mera existencia legitimaba que se discutiesen otras alternativas. La articulación entre los procesos políticos y procesos civilizadores consistía en ello.Con la caída del Muro de Berlín, esta articulación se deshizo. Los debates polí-ticos comenzaron a limitarse a la gestión por el (des)orden capitalista vigente, y los debates civilizadores, a medida que conti-nuaban, comenzaron a suceder fuera de los procesos políticos. Esta separación fue fa-tal porque, con ella, las sociedades dejaron de pensar en alternativas de vida que re-dujesen fenómenos como el calentamiento global, los llamados desastres naturales, la pérdida de biodiversidad, la ocurrencia cada vez más frecuente de eventos climá-ticos extremos (tsunamis, ciclones, inunda-ciones, sequías, aumento del nivel del mar debido al deshielo de los glaciares) y, como..." Sigue en la página 82 del pdf.
Soy un investigador y divulgador y solo a ratos pretendo como mías las ideas que sigo y plantean perspectivas originales, con sólidos cimientos. Narro para volver sencillo lo compejo y también buscando eso que nada sino la literatura ofrece: mirar desde el día a día cuya extraordinaria abundacia no puede repetirse en dos mismos lugares. Por momentos cito pues hay autores de riqueza irreductible. Nadie aspire a conocer épocas o precesos como si fueran la palma de su mano. Quienes proclaman saberlo todo, mienten y resultan peligrosos. Aunque cosas fundamentalísimas se mezclan en ellos, hago dos últimos viajes por separado: al pasado y al presente que dirime el futuro de nuestra especie. Este va hacia atrás, hurgando en la globalización nacida cuando Europa conquista los océanos. Hablamos, entonces, del suceso más trascendente hoy. Me acompaña mi abuelo por muy buenos motivos, como comprobarán más o menos pronto. A él lo cococerán según se debe, en otro cuaderno.
I Durante siglos lo llamaron “descubrimiento de América”. Vaya frase tramposa, por tan
descarada, pues para empezar ese nombre no existía, fue cración de quien compendió los primeros mapas sobre nuestras tierras: Martin Waldseemüller, nacido en Wolfenweiler,Brisgovia, Alemania. Lo hizo
homenajeando al explorador genovés de apellido Vespucio, cuyos padres le pusieron Américo,
apelativo con que castellanizaron uno de origen germano: Emerico. Sucedía la cosa en 1507, casi recién muerto Colón. No
hay nada extraño, como veremos, así que no nos sorprenda que muy pronto
entre los propios alemanes e italianos se nombrara por primera vez y
para siempre al "Nuevo
Continente" conquistado por castellanos. Castellanos, sí, pues a ellos
el papado
dio monopolio de los mares a Occidente, mientras hacía otro tanto con
Sur y Oriente, reservado a Portugal. La Corona de Aragón quedaba fuera y
cuando llegó Carlos I de España y V de Alemania… Esperen,
vamos por partes, no se trata de confundirlos, lectoras y lectores. Nuestro
trabajo sostiene que Conquista es un término insuficiente para este tema.
Primero, debido a la brutal destrucción cometida por los adelantados españoles
en tierras “americanas”. Durante solo el primer siglo tras caer Tenochtitlan,
la población descendió entre 75% y 95%, según diversos cálculos, y bastaron
diez años para que allí mismo, en Yucatán, Oaxaca, Michoacán, etcétera, desapareciera
todo vestigio de arquitectura indígena. Históricamente
las conquistas se producían para apropiarse territorios con cuantas riquezas
humanas fuera posible –agriculturas, edificaciones y demás-, quitando el
necesario destrozo de las batallas. ¿Por qué en América la predación resultó
tan brutal? Los
conquistadores buscaron en este “cuarto continente” solo una cosa: metales y
joyas preciosos. En su delirio, todo era Puerto Rico, Costa Rica, la villa Rica
de la Veracruz, etcétera, así no encontraran oro, plata, gemas.
Ponemos
un caso muy significativo. Al inicio aquella gente se concentró en la
hoy República Dominicana, que forma parte de una gran isla antillana,
como saben. Entonces les llegaron rumores de que hacia su costado había
áureas pepitas
a montones y Diego de Velázquez, a quien pronto volveremos a encontrar, organizó una expedición en pos de ellas. Contra
lo que nos han dicho, la población isleña no era ni magra ni primitiva y
entre otras cosas vivía de cultivar peces en lugares construidos a
propósito. Tras la aventura no quedó nada. Puede entenderse, pues,
porque el ahora Haití está habitado casi exclusivamente por
descendientes de los esclavos tomados en África Negra. Si
resultaría ¡todavía más cruenta! la colonización inglesa, francesa,
holandesa, en Norteamérica, para nosotros el tema son los años mil
quinientos. Según Jacques Attali, un pensador contemporáneo nuestro vinculado a bancos centrales, esa historia debe celebrarse como ninguna otra: "En
tiempos muy antiguos exitió un gigante guerrero, triunfante, dominador.
Un día, fatigado, se detuvo. Aturdido, torturado, fue dado por muerto, encadenado
por mútiples amos (...) Entonces,
el gigante fraguó su plan: recuperar sus fuerzas (...) y partir hacia la
conquista del mundo (...) El gigante era Europa..." Sobre
la existencia de éste no hay duda. Llamarlo Europa y darle
tal profundidad histórica es sobrepasarse. Con mucho más justicia
procede Pierre Chaunu, paisano suyo, y al comparar curriculums entre
ellos queda claro: solo en uno
puede confiarse eticamente. Chaunu pesa
continentes, no los califica, como sin reconocerlo hace el otro. Y la cuestión reside
sobre todo ahí, si seguimos la pista de La invención de América. Ah,
reinventar a capricho, grandísimo privilegio occidental que lleva
cinco siglos acumulando las más arteras mentiras sobre nuestro "Nuevo
Mundo" -¿o
no, Colón, el del paraíso pedido descubierto en Venezuela, o Sahagún y
sus presagios, o Volatire, Bufon, Hegel y un largo etcétera
al declarar estas tierras por igual imberbes y corruptas, verdad,
Antonello Gerbi?
Nuevamente nos adelantamos, perdón.
II El
expandirse europeo por nuestro planeta, que inicia bien a bien con
"América", se califica como "La mayor mutación jamás habida en el
espacio humano", "no comparable siquiera con la exploración espacial"
que iniciaron los años 1900, según Chaunu y un reputado historiador
estadounidense.
El
fenómeno está fuera de control y va a velocidad vertiginosa. Cuando
Miguel de Montaigne, el padre del género literario que conocemos como ensayo,
observa a sus hermanos europeos empleados en esa obra, escribe:
"Nuestros ojos son más grandes que nuestros estómagos, y nuestra
inquietud, mayor que nuestra capacidad de entender. Creermos asirlo todo
y en las manos nos queda solo viento". Hasta
ahí los dos grandes océanos no habían sido retados sino episódicamente y
sin efecto alguno. El mundo entero puede interconectarse por primera
vez, venciendo al tiempo, incluso dentro del propio Viejo Continente,
donde China, que inventó el papel, la pólvora, la imprenta y mil
inteligentes productos más, atrae a todo gran comercio por el Camino de
la Seda, en origen creado por ella misma. Los
cristianos latinos, como llaman a quienes ocupan el occidente y centro
de Europa, buscaban sin fortuna controlar esa ruta y
el
Islam, extendido desde el Atlántico hasta las puertas mismas de aquella
maravilla, tardaba meses en recorrer tan largo camino, mayoritariamente
por tierra. Por
eso para Europa se hicieron famosos los manuscritos que hacia el año
1298 dictó Marco Polo, mercader veneciano, tras su delirante viaje hasta
allí. Le tomó años, entre los más accidentados pasajes, y la
cristiantad latina, católica, occidental, lo glorificará hasta nuestros
días, aunque haya cubierto solo un tercio del kilometraje acumulado por
otro viajero, éste célebre para los musulmanes: Ibn Battuta, nacido en
Tánger, hoy Marruecos, sobre el Magreb, según nombran entonces al oeste
africano. Si nos permiten ustedes, seguiremos al magrebí durante su primer, pequeño tramo recorrido. Abandona aquélla ciudad erigida frente al brutal encuentro del Mediterráneo
y el Atlántico, en donde creció, y días después alcanza lo que
más tarde se nombrará como Argelia. Acompaña a una caravana de beduinos,
pastores trashumantes cuyos haberes completan transladando personas en
sus camellos. Cierto día descansan en una
llanura cerca del mar, que en estos tiempos no cultiva la
agricultura y parece eco del desierto del Sahara, muchos kilómetros
a sus espaldas. Visten túnicas sencillas y hermosas y se
cubren la cabeza y parte del rostro con telas de colores vivísimos:
azules,
anaranjados, rojos. Sus miradas guardan secretos que les dejan
innumerables
generaciones deambulando a veces sin encontrar a nadie en días o
semanas. De no ser noche, al
fondo nuestros ojos distinguirían el filo del Mediterráneo, y el cielo tiene una claridad extraordinaria, gracias a la cual sus jornadas se orientan más por el mapa de estrellas que por el ciclo solar. SIGUE
Falta una o más notas previas sobre el presente y la crisis civilizatoria.
Vaya casualidad, abuelo Belarmo, naciste en 1892. O sea, cuatrocientos exactos años tras el viaje de Colón. Espera, que para dejar claro nuestro tema ahora, traigo soberbias palabras escritas por un tramposo, llamado Jacques Atalli: "En
tiempos muy antiguos exitió un gigante guerrero, triunfante, dominador.
Un día, fatigado, se detuvo. Aturdido, torturado, fue dado por muerto, encadenado
por mútiples amos (...) Entonces,
el gigante fraguó su plan: recuperar sus fuerzas (...) y partir hacia la
conquista del mundo (...) El gigante era Europa..." Después me referire a la mentira inicial soltada por el tal Jacques. Ahora hablemos de ti y los tuyos, Belarmo. Uso para ello un libro que escribí recordándolos: Cada
región asturiana tiene sus particularidades y la que Sandalio, tu padre, escogió al
acercarse a Gijón es y no la que Clarín, el estupendo novelista del siglo,
recrea cerca de allí: “tupida hierba fresca, jugosa, oscura,
aterciopelada”,
con numerosas “cicatrices hechas a patadas”, por siglos de seres humanos y
animales, al pie de vegas de maíz desde cuyas altas cañas en tiempo de madurar
las “hojas, lanzas flexibles, se columpian sobre el tallo”; castaños, manzanos,
macizos de “álamos, abedules y cónicos húmeros”, por un salpicar de arroyos. Y
la omnipresencia del mar.
La idea de mundos rurales tradicionalmente inmóviles no es nunca cierta, ni
siquiera en esta provincia. Y la mejor prueba está en el propio Sandalio, cuyo
poco común apellido, Tomás, no es casual, pues un antepasado suyo nació no en la
provincia ni en ninguna otra de España, sino en Portugal.
Da la impresión, pues, de que los habitantes del campo en el pasado no
permanecieron necesariamente fijos a la tierra si no eran sus propietarios.
Pero el quid a fines del siglo XIX en Asturias está en la inquietud que
introduce la industrialización, vértigo que subvierte cuanto toca.
Armando Palacio Valdés ha advertido el efecto de una fábrica, por pequeña y
aislada que esté. En su Aldea perdida, sólo por el contacto con aquélla,
Rosina, la moza “sencilla, un poco de égloga a fuerza de timidez”, en la década
de 1870s había roto el destino de labriega asegurado por generaciones de
antepasados, para terminar convirtiéndose en prostituta de la ciudad.
En el ancestral universo secreto del pueblo y dentro de la revolución que para
1890 está en curso, van nuevos modos de pensar, lenguajes, actitudes,
geografías que el poder político y económico no descifra y que a veces no
advierte siquiera. Es ese universo el que da sentido al “monstruo”, quien se
moverá por sus vericuetos como muy pocos.
Si su madre, Cándida, y su abuela Teresa conocen de tiempo el trasiego de los
sin tierra entre Lavandera y Gijón, sobre todo, pero también hacia Oviedo, en
el costado contrario, donde la mayor iba por los expósitos del orfanato a
quienes dar su leche; si Sandalio lo aprende al unirse a las dos mujeres,
Belarmino nacerá con él y lo conducirá de una forma de resistencia o
liberación, a un instrumento de conquista.
Pero esto no se entiende sin acercarse antes a otra esencial parte de la
historia que perseguimos.
Hay cosas un poco fuera de lugar en el par de mujeres de Lavandera. Como que
Teresa no volviera a hacerse de un hombre enviudando a los tres años de casar,
o que la hija siga soltera a los veintitrés. La razón es la falta de tierra,
por magra que sea, para atraer a una pareja, y que quizás vuelve remilgosos a
los vecinos en el trato con ellas.
No hay modo de conocer cómo resolvieron juntarse Cándida y Sandalio. Tal vez
fue el saltar de la mirada en uno o en ambos, o hasta un intempestivo encuentro
entre la hierba, como parte de una pasión de la cual no tenemos la menor idea
en estas tierras y estas épocas. Y este es otro de los pequeños y grandes actos
con los cuales los Tomás Álvarez se suman a la revolución que empezará a dar
frutos en los 1930s.
Con el aluvión de forasteros pasando frente ellas, el par de mujeres resuelve
hacerse de huéspedes rentando un espacio de la casa, como una buena manera de
incrementar los ingresos y voltear hacia el pasado con un suspiro de alivio.
Y eso se debe en mucho y de vuelta, al modesto e insustituible revolucionario
papel en el cual sigue invistiéndose Sandalio. Pues se instala en un hogar
donde hace mucho falta el hombre, y contagia a su nueva familia, a quien no
importa si de momento no hay boda, ni si cuando Belarmino nace el padre obvia
su asistencia a la parroquia a presentarlo.
El campesino y la campesina tradicionales honran fielmente tales formalidades
ordenadas por la santa Iglesia y, al decir de las sotanas, por Dios mismo. Los
tres de la pobretona casa de huéspedes comienzan a saltarse las trancas y en su
conducta va un código de reciente recreación: el respeto a las órdenes sólo
para no ser hostigado.
Como sea, poco después Sandalio encuentra una oportunidad única: contratarse
para la construcción del nuevo muelle de Gijón. Es curioso: no se decidió a
hacerse minero, pero ahora está dispuesto a vestir el primitivo traje de buzo
con el cual los peones asentarán los pilotes en el lomo del mar. ¿Por qué?
Como se ve, vamos misterios tras misterio. En la búsqueda de nuestro personaje
y el entorno, la mayoría de las veces creemos asir algo y se nos escapa. Se
trata de virtudes y ventajas del pueblo oculto, surgiendo desde las sombras
exclusivamente si necesita, para mejor tomar de sorpresa a sus enemigos.
Pueblo sombra, pues, tanto más cazador furtivo cuanto más se lo cree incapaz de
algo distinto a tenderse en el prado pensando en la inmortalidad del cangrejo.
De la capacidad de hacerse fantasma Belarmino se apropia apenas nace, hasta
convertirse en uno de los grandes expertos de su provincia en el tema. Miles de
días hace el viaje entre su pueblo y Gijón, y miles también recorre el puerto
al modo de esa forma de simple paisaje que las probas familias ven en las de
pescadores, alarifes, asalariados de las fábricas.
Entonces una tarde en Lavandera Sandalio se hace de palabras con un peón de las
vías del ferrocarril, ambos se lían a golpes y el progenitor de Belarmo lleva
las de perder hasta que el otro va a dar a tierra repentinamente. Al caer queda
a la vista el futuro “monstruo" con la más grande piedra que le permiten
coger sus nueve o diez años de edad, con la cual tundió al insolente. Y es que
el guaje tiene ya más que aprendido el arte de la transfiguración.
Esta es de las contadas estampas que se conservan del Belarmino niño y es muy
significativa. Por eso quedó grabada en quienes la presenciaron y difundieron
una y otra vez, hasta hacerla pasar de generación. Es significativa por varias
razones: muestra el rápido crecimiento de los niños del nuevo pueblo que se
creaba en la época; de su acostumbramiento a la acción y a la violencia, y del
espacio que en nuestro personaje adquiría en la familia y en la sociedad.
No había nada idílico en el surgimiento del proletariado asturiano, de España y
del mundo entero. Los periódicos de Gijón en los tiempos transmiten una dura,
con frecuencia desgarrada existencia de las clases populares, que podemos
simbolizar en una nota aparecida en el diario el Noroeste. Se da noticia allí
de la nueva aparición de un recién nacido en una improvisad cuna, bogando hacia
la muerte sobre el río Piles.
Nada semejante se veía en el pasado, pero el diario no se asombra por ello y
sólo saca partido del hecho como hace con muchos de los cotidianos eventos que
sus lectores buscan cada mañana: cadáveres hallados en una oscura callejuela,
grescas multitudinarias o de uno a uno, en las cuales salen a relucir cuchillos
y objetos contundentes; obreros u obreras que fueron llevados de urgencia al
hospital, para aquí y allá perder un dedo, un mano, un brazo, una pierna, un
ojo, a manos de las máquinas y sus ritmos que no perdonan, y por la impericia
de ellos mismos al aprender el oficio sobre la marcha, sin más capacitación que
la que generosamente les dan los de mayor antigüedad en la fábrica o en las
obras en construcción.
Esta dramática imagen se matiza mucho, sin embargo, con la intimidad de ese
mundo popular recogida en el libro de recuerdos de Manuel Vigil Montoto, padre
del socialismo provincial.
Vigil es un hombre de peculiar inteligencia e ingenio, y en él los años de la
infancia en los barrios de los de abajo están atravesados por una sonriente
picaresca.
Ha nacido unos veinte años antes que Belarmino, cuando la madre era sirvienta y
el padre carretonero, “linaje modesto, pero honroso”, Eso permitíó al niño
acudir a la escuela, que no fue una sino tres, por las mudanzas obligadas al no
tener techo propio la familia, o por la negligencia o los malos hábitos de los
maestros.
En una de ellas, cuenta Vigil, el titular de la clase, que no se sabe cuánto de
instructor y cuando de domador tenía, asistía a veces “algo más que alegre y se
excedía en los tratos con los alumnos“. Manuel y unos cuantos decidieron
entonces constituirse en algo tan sin precedente como las peripecias de
Sandalio al salir de Lieres o el justiciero acto de Belarmo ante la ofensa al
padre: crear una sociedad de resistencia al propasado borrachín.
En ésta, con la cual hacía los pininos de su carrera política, Vigil vivió el
momento de gloria al vengar a uno de los suyos y triunfar por todo lo alto. En
el primer momento el profesor saltó:
“-¿Qué es esto, se vuelven en contra mía?”- y al querer cobrarse amenazando
llamar al progenitor de nuestro crío amigo, éste le respondió:
“-No moleste a mi padre, que está ganando un jornal para poderle pagar a usted
las cuotas por la enseñanza deficiente y el mal trato que nos da.”
Atemorizado por estas palabras y los gestos de la cofradía preparada a hacerle
pesada la existencia, el hombre retrocedió para no volver nunca a sus excesos.
Aunque de vuelta la anécdota parece intrascendente, es ilustrativa del carácter
que se estaba formando entre la clase en emergencia, quien de ese modo empezaba
a ponerle la cara a la España negra, desarrollada a lo largo de cuatro siglos
de expulsiones y conversiones forzadas, inquisitoriales juicios, chisteras,
tricornios y sotanas comprometidas con el absoluto, regio poder.
Vigil lo miraba todo con el humor que le venía por naturaleza y gracias también
al cierto holgado hogar que le permitió recibir instrucción, por malencarada
que ésta fuera.
Belarmino Tomás experimentaba las cosas de otra manera. Resultaban
insuficientes los dineros de la casa de huéspedes y de los trabajos sueltos de
la abuela, la madre y el padre desde Lavandera, de modo que hubieron de darse
al peregrinaje en los alrededores del puerto.
Luisa, la hija menor, recordaba aquél saltar de un lado a otro. Primero fue El
Llano, para regresar unos meses a la aldea, y luego Ceares. En el camino moría
de meses Elena, la cuarta de los hermanos. Mientras Cándida amanecía a las
cuatro de la mañana para descalza hacer esto y aquello fuera de casa, de vuelta
en Lavandera, con Sandalio el “monstruo” entró en una mina de yeso, donde el
trabajo de los niños era socorrido porque había lugares en que no cabía un
adulto.
Sucedía esto poco después del famoso evento de la piedra, cuando el en 1937
presidente del gobierno soberano de Asturias y León avanzaba rectamente hacia
su destino: convertirse muy pronto en la guía y autoridad moral de la familia.
Para entonces no iba más a la escuela nocturna donde pasó los tres años en que
pudo permitirse el privilegio.
Porque el padre se había hecho ya peón-buzo en las obras del Mosel y hubo que
trasladarse una vez más a las afueras de Gijón, donde Belarmino se ocupaba de
albañil.
Si nuestro libro fuese el que debiera, habría que detenerse un largo momento a
entrever estos años. Que nos basten unos trazos.
Belarmino se levanta reglamentariamente antes del amanecer en una habitación
con frecuencia compartida con las hermanas, que, ya vemos, unas veces es así y
otras asá, porque la casa no se queda quieta de lugar. Para entonces ellas
llevan rato ayudando en esto y aquello a Cándida y a Teresa, pues bien sabido
es que en cualquier épocas y país sobre el sexo débil cae la mayor y más
silenciosa carga.
Se lava el niño que ha dejado de serlo desde muy pronto. Lo hace con lo que
tiene a mano y, de acuerdo al obsesivo esmero en la apariencia personal que lo
caracterizará de adulto, sin duda frotando repetidamente de modo de estar, o
parecerlo siquiera, tan limpio como el que más. Y es que para él y para el
grueso de su estirpe en el mundo entero, por ahí empieza la revalorización ante
sí mismos y ante los demás, sin la cuales resulta inconcebible la clase en
surgimiento. Ésta no es ni más ni menos pueblo que sus predecesoras o las que
siguen creciendo en los campos de la Europa feliz, según suele llamarse a la
que inicia al occidente del río Rhin[8].
Pero su absoluta desposesión y sobre todo, es necesario machacar en ello, los
resquicios que le abre la modernidad, le permiten reconocerse igual o superior
a la de quienes en un santiamén se han convertido en directores de la sociedad,
precisamente por tomarse el derecho a hacer a un lado a los anteriores señores.
Qué pobremente se cuenta la historia del pueblo, cuando no es el propio pueblo quien
lo hace. Lo digo porque en este punto decido traer a cuento un inmejorable
documento que en principio pensé debía ir después. Se trata de las memorias de
un obrero cenetista catalán: Ricardo Saínz.
Tenía más o menos la edad que Belarmino tendrá al entrar a la mina, entre los
doce y los trece años. Cuenta que iba con su padre, campesino, al molino de su
pueblo a convertir en masa el trigo cosechado. Y vez con vez aquél tenía que
llevárselo casi a empujones, pues el jovenzuelo se quedaba arrebolado contemplando
la primivitibísima máquina del lugar: sólo una gran caja de acero con rodillos
y dientes. Pero él quedo prendado desde el primer día.
Un domingo el patrón del molino le dijo que si tanto le gustaba la cosa
aquella, la trabajara. No fue fácil convencer al padre, quien terminó cediendo
por dar gusto al hijo y por no desaprovechar el pequeño jornal que en casa caía
como oro molido. La felicidad de Saíz aprendiendo a manipular la aparatosa
trituradora, apenas cabía en sí.
Este tipo de cosas suelen pasar de noche a los historiadores, a quienes, por
cierto, los militantes obreros gustan dar la vuelta, pues como me dijeron José
Mata, Arísitides, el hijo de Manuel Llaneza; Aquilino Moral y varios otros, ven
en ellos a aprovechados que, en términos mexicanos, viven de “sacarles la sopa”[9].
Con sus recuerdos Sainz nos ayuda, y seguirá haciéndolo, a otear el interior
del “monstruo”, al que tratamos de seguir por las calles de Gijón un día entre
muchos, después de despertar.
El desayuno debiera ser aprisa y corriendo, considerando la temprana hora. Pero
no lo es, por una sencilla razón que hay que tomar en cuenta para el resto de
la vida de Belarmino y de sus próximos: la paliza preparada para ellos en el
trabajo, exige un cuerpo y una cabeza bien asentados a la tierra[10].
Sale de casa el muchacho cuyo pecho y brazos son ya los de un hombre hecho y
derecho, cuidando los zapatos del lodazal sobre su calle de pobres, apenas
trazada, y con su padre tira rumbo al muelle que será viejo en cuanto Sandalio
y otros cientos dejen la mitad de los pulmones en afirmar la base.
Callados van, como cumple a hombres, de acuerdo a ancestrales mandatos que no
se sabe bien a bien quien decidió machacar en la sociedad, y casi sin palabras
se despiden, orgullosos uno del otro, y más el de más edad, que se da tiempo
para girar la cabeza y ver alejarse a la sangre de su sangre rumbo al
cumplimiento de su cabalidad.
No podemos reconstruir el recorrido de Belarmino, ya que no sabemos a dónde va.
Pero al menos yo puedo escuchar sus pasos cuando el día clarea, escuchar el
viento que da contra su rostro y le mueve el cabello, el olor a mar del norte,
a salado muy fuerte, a su alrededor; el gris interminable del agua ondulándose
en los ojos donde andan también el mercante que se acerca con sus guiños de luz,
el que atraca, los que cargan y descargan-¿cuál de ellos es el Monserrat, el
Reyna María, el Mindanao, el Isla Paway…, de ser esos los de tal día?-, todos
en curso entre Las Antillas y la península?
Casi cuanto topa en el trayecto tiene gusto a mañana, pues está apenas
erigiéndose o se improvisa. Y eso no es, de nuevo, cualquier cosa y cala muy
dentro del muchacho, advirtiéndole que el mundo está rehaciéndose sin parar[11].
Y aunque nadie lo convoque a meter la mano en el asunto, o de hecho le advierta
que se aparte, el mensaje es claro: si las puertas de la transformación quedan
abierta, también lo están para él.
Ningún otro rasgo, creo, define con tal precisión a mi abuelo, como ése: el
hacerse a sí mismo, hoy, durante la creación del Sindicato Minero de Obreros
Asturianos (SOMA), la Revolución de 1934, la Guerra Civil y el exilio. En su
caso, a diferencia de quienes perciben algo semejante y, con recursos o sed de
riquezas, se preparan a hacer el futuro a solas o con un círculo familiar,
Belarmino, por encima aún de su posible deseo, no encontrará más alternativa
que ir en compañía de muchos, y cuánto mayor sea el número, mejor.
Eso desborda el pequeño ámbito geográfico que conoce y del que tal vez trata de
imaginar en el tráfico de los barcos, de los hombres y las mercancías portados
por ellos. Y de vuelta topamos con temas centrales: la sociedad mundial en
surgimiento hace un siglo[12],
y la imaginación.
Aproximadamente entre los años 1901-1903 en el cual anda ahora nuestra
historia, Manuel Vigil está sentando las bases del socialismo asturiano. El
hombre es consciente, claro, de seguir las huellas de cientos de miles de
hombres y mujeres de Europa y otras partes[13],
que produjeron o contribuyeron a sucesos tan culminantes como las revoluciones
de 1848 y la Comuna de 1871 en París.
La primera hermana del abuelo, Paz, sirve en la finca de un médico de Ceares,
El ama es remilgosa y malhumorienta, y un día tacha de “guarra” a la cría. De
tarde ésta se acerca al provisional hogar de la familia, entre llantos se
sincera con la madre y da marcha atrás, a la finca.
La mañana siguiente Belarmino, de doce años, es enterado del asunto y no duda:
se presenta en casa del médico, dice cuatro verdades a la señora y de la mano
saca para siempre de allí a la hermana.
Aunque el gesto es noble y justiciero, tiene un no pequeño coste: la familia se
queda sin un ingreso modesto pero insustituible. ¿Se lo reclaman Sandalio o
Cándida? No, y el hecho tiene una honda significación. En silencio, respetando
la autoridad de la pareja, el único hijo varón toma cada vez más las riendas de
la familia.
De modo que debe darse crédito a quienes afirman que del muchacho sale la idea
de marcharse a la cuenca del Nalón, en el nuevo acto revolucionario con el cual
los Tomás Álvarez imitan a miles de los que crecientemente, y en el más
estricto sentido del término, son sus semejantes. ¿Tú gente
-¿Tu gente, abuelo, forma parte del gigante a quien canta Atalli? No rías, viejo, que esto va muy en serio. -Por eso mismo, nietos. Y no río, me carcajeo. Déjame ahora presentarte a unos hermanos tuyos, nacidos todavía más al norte. SIGUE EN GUERERO II